El HUV: un hospital de guerra

https://readymag.com/p2999651

Por Daniel A. Camargo G.
Nathalia A. Henao G.
Estudiantes de Comunicación PUJ-Cali

Contar la historia del Hospital Universitario del Valle (HUV) resulta fundamental, no solo por ser el hospital más importante del suroccidente colombiano, sino también porque sus pasillos y consultorios están llenos de relatos y recuerdos.

La propuesta del reportaje multimedia denominado HUV: un hospital de guerra surgió como un ejercicio de periodismo que muestra la gente del pacífico, una parte de la historia de la ciudad y el desarrollo de una institución pública sometida a múltiples crisis.

Este proyecto multimedia está conformado por cuatro secciones diferentes. La primera, llamada La historia clínica, presenta un recorrido histórico del HUV, mediante la recopilación de informaciones de prensa que narran sucesos relacionados con la construcción, desarrollo y la decadencia de la institución, presentadas en orden cronológico. El desarrollo de este apartado se realizó con base en archivos históricos de los periódicos El País, El Tiempo, El Relator y el Archivo del Patrimonio Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca. 

La segunda sección, denominada La Radiografía, brinda una contextualización cuantitativa acerca del funcionamiento y la administración del hospital, presentada en una infografía, como una forma más amena de mostrar los datos. Esta sección se desarrolló tras la investigación en diferentes entregas del informe de rendición de cuentas del año 2017 del centro de salud y la entrevista de un funcionario administrativo del hospital.           

La tercera sección, que se llama El Expediente Médico, surgió de la idea de presentar la historia de la institución a través de microperfiles. Es así como comienza con el testimonio de una enfermera, llamada Carmen Sierra, quien fue testigo de la construcción del HUV que coincidió con la explosión del 7 de agosto de 1956.

Para narrar lo que era el hospital antes de que entrara en vigencia la ley 100, se realizó el microperfil del médico Néstor Raúl Henao quien laboró durante 25 años en el centro asistencial, soportando los inicios de la crisis, pero también viviendo la buena época en la que se prestaban servicios a todos sin excepción.

También se entrevistó al médico Carlos Alberto Gamboa, quien desde su posición como funcionario administrativo del HUV conoce de primera mano la situación actual y sus implicaciones legales y económicas. Por último, se presenta el testimonio de Daniela Correa en calidad de practicante y participante de las protestas en defensa del HUV.

La cuarta y última sección de este reportaje denominada La Endoscopia, brinda al usuario una galería de imágenes de las instalaciones internas del Hospital, que complementan la experiencia informativa respecto al estado actual de la misma.

El contenido fotográfico de este reportaje es material propio y las fotografías de archivo tienen su origen del Archivo del Patrimonio Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca, recuperado de la biblioteca departamental.

En síntesis, la realización de este producto multimedia fue una experiencia enriquecedora, pues como comunicadores en formación, se logró recopilar información valiosa de una problemática de ciudad y de región que tiene un desarrollo histórico y subyace en la memoria de los caleños

El HUV es un patrimonio caleño que vale la pena conocer, y este producto no solo pretende ser informativo sino también crítico, pues muestra una realidad que afecta a gran parte de la población colombiana.

Cali 2 P.M

Por Jorge Manrique Grisales

La fiebre acompañó a Laura desde el lunes. Es martes 3 de octubre y Cali se mueve en medio de un sol de 32 grados. Si fueran siete grados más, igualaría la temperatura que marca el termómetro con el que Laura comprueba que su amigdalitis sigue implacable.

A esa misma hora, Carlos y Camila, con gafas deportivas para manejar el acoso del sol, llegan al Lago de la Babilla. Están convencidos que esta tarde el reptil les proporcionará la foto con la que impresionarán a todos los participantes de la expedición Cali 2PM.

Lejos de allí, Johan pide un cholao para mitigar la espera del entreno de natación en las canchas Panamericanas. Se lo come despacio para dar tiempo a que se abran las puertas en medio del bochorno de las dos de la tarde.

En un aula climatizada de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, un profesor y su monitoria observan atentos el desarrollo de esta actividad en la que participan en simultánea 24 reporteros con la tarea de contar la ciudad a las dos de la tarde.

Se encuentran distribuidos en distintas partes. Algunos prefirieron algo de verde como Angela, quien a pesar del calor, se puso el casco y se fue en bicicleta hasta el Lago de Las Garzas. Desde su móvil describió el calor, el sudor y el esfuerzo que le costó volver a montar nuevamente en una bicicleta que le prestaron. Hizo que una iguana posara para el grupo.

Por su parte, David se fue hasta el solitario estadio Pascual Guerrero, escenario de muchas batallas y que esa tarde estaba apacible y solitario, sin el acoso de los verdes y rojos que juegan allí.

Frutos rojos y muchas sonrisas encontró Nicolle en la plaza de mercado de La Alameda. Adentro, la sombra preserva la frescura de los vegetales expuestos e interminables hileras. El “país de las frutas”, puede pensar un extranjero viendo las fotos reportadas desde allí.

A medida que pasaban los minutos, el grupo de Whatsapp Cali 2 PM se fue llenado de voces, imágenes, videos y sensaciones de una ciudad que a pesar del calor se mantiene activa y sorprende con las palomas en plazoleta de la Gobernación, el almuerzo estilo Hare Krishna de Tania o los valientes que entrenan bajo el calor en el Parque del Ingenio.

El plan de Antonia implicó un viaje al pasado. Fue hasta su colegio y vio que muchas cosas habían cambiado, menos la sonrisa de su primito que estudia allí y que gustoso posó para la foto.

Mientras tanto, Laura toma una decisión contra el dolor de cabeza que se niega a desaparecer… Un analgésico fuerte que quizás la ponga a dormir. Envió la foto del reguero de pastas que le prescribió el médico y no la vimos más. En un intento por animarla, Juan Pablo, quien se encuentra en la Universidad del Valle, le dice que allí venden un producto muy bueno para la migraña.

Carlos y Camila siguieron con la cacería de la babilla. Mucho sol, paisaje, reflejos en el agua, pero nada del escurridizo animal al que Cali adora y no permite que saquen de allí.

Johan terminó su cholao y no aparecieron los deportistas al entreno. Quizás el calor los espantó. Lo cierto es que tomó fotos de la soledad del lugar y sus alrededores. A las dos de la tarde se vieron piscinas muy azules pero sin nadadores que rompieran el celofán de sus aguas.

Las tribunas, la cancha y hasta las tiendas de los clubes que funcionan en el Pascual hicieron parte del menú fotográfico de David, quien levantó la cabeza y divisó desde allí el edificio donde vive. Desafiando el calor decidió irse a pie hasta su casa.

En el templo restaurante krishna, Tania hace esfuerzos por comer algo del menú. Nos contó que los krishnas se casan únicamente para reproducirse y nos dejó en completa expectativa con ese extraño mundo que visitó a las 2 PM.  Eso sí, prometió que brindará a los interesados la dirección del lugar.

Después de dar vueltas por la manzana del saber y jugar con el ajedrez gigante de la Biblioteca Departamental, Daniel se centró en la familia que vende frutas allí, mientras que Nathalia revivió las tardes de muchos caleños por los lados del Parque Panamericano. Lo primero que sitió fue olor a marihuana.

Al cabo de un rato, la bicicleta de Angela volvió a la Javeriana. Estaba allí, parqueada, y su usuaria, sudorosa, pero feliz de haber realizado la actividad en el parque de Las Garzas.

Al filo de las cuatro, los mensajes se fueron haciendo más escasos en el celular. El último mensaje fue de Nathalia Henao que estuvo recorriendo la ciudad en MIO. Se le había acabado la batería de su teléfono. El profesor y su monitora hicieron las últimas recomendaciones y todo quedó allí para contar muchas historias de lo que fue Cali a las 2 PM. Pero en el ambiente quedaba una preocupación… ¿le habrá bajado la fiebre a Laura?

Buscando a la Chechy, la patinadora y la comunicadora

|Por Katherine Martínez Rivera
Egresada de Comunicación/

A la ‘Chechy’ Baena se la puede encontrar en las redes sociales. Tiene Twitter e Instagram. Otra cosa es tratar de conseguirla personalmente, pues es alguien que anda por los cinco continentes. Ser campeón mundial en cualquier deporte es una hazaña, lograrlo 24 veces, es un privilegio… La encontramos en Cali durante los Juegos Mundiales. Estaba acompañando a sus colegas que disputaban medallas.

P1040790

«No he pensado en el retiro» (Foto de Katherine Martínez)

Cecilia Baena, más conocida como La Chechy, puede darse el lujo de decir que ha hecho vibrar al país en 24 ocasiones, pero también, y a pesar de tantos triunfos y reconocimientos, sigue manteniendo su humildad y sencillez.

Aunque este año se ha mantenido lejos de las competencias y no estuvo en Juegos Mundiales ni en el Mundial de Bélgica, Cecilia afirma que aun no es hora de su retiro. Sólo le está dedicando tiempo a otra de sus grandes pasiones: la comunicación social, carrera que cursa en la Universidad de la Sabana en Bogotá. “No he pensado en el retiro. Este año he tenido otras prioridades con mi estudio y con mi trabajo. Uno cumple ciclos y no puede dejar los otros proyectos de vida que se tienen. Tengo 24 títulos mundiales y pensé que era la oportunidad de hacer algo más, quise darme el tiempo de tomar un nuevo aire y dedicarle más al estudio”.

Y es que Cecilia lleva la comunicación en la sangre. Su padre, Eugenio Baena, lleva muchos años dedicado al periodismo deportivo, y como ella misma reconoce, su contacto desde temprana edad con los medios ha hecho que poco a poco se fuera enamorando de esta profesión. “Siempre he estado detrás de los micrófonos, siempre he estado de este lado, siempre he sido yo la entrevistada. Esta profesión me gusta mucho, es muy bonita y es la que quiero ejercer.”

Si de gustos se trata, en medio de risas, La Chechy acepta que le gusta la televisión porque “siempre he tenido mayor afinidad, porque los medios televisivos son los me han dado más la oportunidad de aprender muchas cosas”, pero también le gusta la radio. “Siento que se puede ser más uno, no se tiene que ser tan acartonado, se puede hablar mucho más, es más relajado, además, es muy difícil transmitir con palabras a alguien que no está viendo lo que está sucediendo, los hechos, entonces eso le pone un grado de dificultad más interesante, lo hace más bonito.”

Su proximidad a los medios de comunicación le permite tener una postura sobre lo que es el periodismo deportivo en Colombia, al que le reconoce virtudes, pero en el que también encuentra sus puntos desfavorables. Entre las cosas buenas está que es la manera en que los deportistas se pueden dar a conocer, como se pueden saber nuestras hazañas, nuestros triunfos, las alegrías que uno le puede dar a un país. En cuanto a lo malo, los medios son los primeros que te suben y los primeros que te bajan cuando las cosas no salen bien, es algo que hay que saber manejar, porque estando uno de este lado, siendo uno el protagonista a veces eso influye mucho en nuestra personalidad, en nuestro carácter al momento de una competencia.”

Y si de forjar el carácter y saber manejar a la opinión pública se trata, Cecilia tiene experiencia en esto. Ser campeona del mundo por primera vez a la edad de 13 años, siendo la campeona más joven de la historia del patinaje, la colocó desde muy temprana edad en el foco de las cámaras, y la ayudó a formar a la mujer que es hoy en día.

P1040792

Andrés Felipe Muñoz, Chechy Baena y Katherine Martínez.

“Siempre hay que mantener los pies sobre la tierra” fueron sus primeras palabras cuando le pregunté por cómo llevaba el haber pasado su adolescencia entre pistas, cámaras y patrocinadores. Sin embargo, toda la gratitud se dirige hacia su familia. “Mis padres y mi familia siempre tuvieron un buen control de cómo manejar la situación, ellos siempre estuvieron ahí, para mí ellos siempre son el principal patrocinador, un apoyo muy grande. Con mucha paciencia y mucha calma se manejaban las cosas, porque había que provechar esas oportunidades que me presentaba la vida, pero con mucha responsabilidad y cautela porque era muy pequeña.”

Entre los múltiples frutos que le ha dejado el patinaje, está la pista de Arjona, municipio de Bolívar, que lleva su nombre y al que ella considera como “un honor, un orgullo y un privilegio, porque es un legado para todos los niños y jóvenes de nuestra tierra para que practiquen el patinaje”.

En cuanto a sus frustraciones, tal vez una de las más grandes es no haber conseguido que el patinaje fuera considerado deporte olímpico. El pasado mes de de mayo, Cecilia hizo parte del grupo de delegados de la Federación Internacional de Patinaje que asistió a la reunión del Comité Olímpico en Rusia para defender las razones por las que este deporte debería ser parte del programa olímpico para el 2020. “Lastimosamente lo de Rusia para mí fue muy doloroso, una frustración muy grande, porque hemos peleado muchos años por eso. El patinaje ya cuenta con muchos de los requisitos para ser considerado como un deporte olímpico, es muy buen espectáculo, es correr más rápido que atletismo y un poquito más despacio que ciclismo, pero me di cuenta que hay mucho poder político que también influye en esa toma de decisiones del Comité Olímpico Internacional, y que lastimosamente nos perjudica a un país como nosotros que no tiene esa fuerza política.”

Cecilia se considera una mujer muy bendecida con un don muy grande, quien no sólo ha dedicado su vida a correr sobre sus patines por el mundo y a ganar todo lo que ha podido en el patinaje, también ha querido devolverle un poco de lo que este deporte le ha dado, creando su escuela de patinaje CMB, en la que enseña a más de 230 niños la disciplina, la constancia, pero sobre todo el amor con el que se corre para ser un campeón. Ella se declara admiradora del patinaje colombiano, “porque a base de esfuerzo ha dado mucho de qué hablar, hace ocho años que es el mejor patinaje del mundo y eso se debe a un gran trabajo planificado y a un gran esfuerzo de los deportistas por siempre darle mejores resultados al país.”

Como su mayor apoyo en todo momento reconoce a Dios, a quien le agradece la salud, las oportunidades que ha tenido, su familia y su novio, Andrés Felipe Muñoz, otro múltiple campeón de patinaje, con quien comparte todo, y al lado de él luchan juntos por sus sueños.

En un futuro, Cecilia se ve en su escuela de patinaje, ejerciendo el periodismo y esperando otras cosas, porque como ella misma dice, aun le quedan muchos sueños por cumplir.

El secreto del cometero

 Por Lina Uribe
Estudiante de Comunicación
Lauribe@javerianacali.edu.co

Don Mario no recuerda si tenía 13 o 14 años cuando hizo su primera cometa. Estaba de vacaciones en Palmira donde su tío el alfarero y un día se topó con alguien que elevaba algo hasta el cielo. Se sentó al lado de aquel hombre y observó cuidadosamente cada paso para la elaboración del prodigioso artefacto. Después de esa clase informal pudo construir su primera cometa, “de esas que llaman ‘tajada’, la que tiene solo dos varillas. Me tocó ponerle papel periódico porque no tenía del otro. Fue difícil elevarla, pero al final sí pude”, comenta mientras evoca lo que sucedió hace 64 años.

Foto 7

Foto Jhoan Calderón-Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

Desde ese día, Mario Ernesto Torres, un payanés de 77 años, no ha parado de hacer cometas. De niño las hacía con cáñamo o con el hilo que usaba la esposa de su tío para tejer; les ponía papel periódico y las pegaba con almidón de yuca, “porque en esa época no existía el Colbón”. Y cuando no podía comprar el almidón, salía a la calle a recolectar una pepa negra que caía de los árboles y que le servía para pegar el papel. El nombre de aquel fruto ya se le olvidó.

Llegó a Cali cuando tenía cinco años y todavía existía el ferrocarril. Los edificios que ahora invaden la ciudad no eran más que árboles de caimo, madroño, níspero, anón, mamoncillo y chirimolla. “Esto era un llano”. Se devolvió a Popayán para iniciar el bachillerato y allá vivió con su abuelo, alfarero de oficio, quien intentó enseñarle cómo se hacían las ollas de barro.

Pero Mario nunca aprendió. Cuando casi, casi las tenía listas, se le desplomaban por malos cálculos en la cantidad de los ingredientes. Sin embargo, esto hizo que se fuera enamorando del trabajo hecho a mano.

Las vacaciones que los años siguientes pasó en Cali al lado de su madre las aprovechó para vender cometas en la galería. Se fijaba muy bien en las de los demás para copiar los diseños; de esta manera logró construir faroles, tajadas, cometas con coto y estrellas de seis puntas que vendía quizás a diez o quince centavos. En aquel tiempo transportarse en un bus costaba cinco.

De la guadua ‘jecha’ a la cometa hecha

En la mesa del comedor, don Mario extiende varias hojas de papel en las que tiene dibujados estilos de cometas que diseña cuando alguna idea llega a la mente. “Fíjese esta qué bonita, tiene muchos colores. Mire esta otra con estos ‘zumbambicos’ acá para que suene con el viento”, dice.

Foto 2

Foto Jhoan Calderón-Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

Desde principios de junio compra la guadua entera para sacar de ahí los palitos y empezar a pulirlos. “La guadua tiene que estar jecha, o sea madura y sin rotos, para que no vaya a partirse fácil”. Luego consigue la piola y el papel celofán de distintos colores. Con todo listo, se puede demorar una hora en armar cada cometa, aunque él prefiere una producción por fases: hace primero los esqueletos, luego pega todos los papeles y por último acomoda todos los tirantes, que tienen que mantener una distancia específica para que el vuelo de la cometa sea exitoso.

Afuera de su casa hay un aviso de ‘Se venden cometas’ en una perfecta letra técnica. Debajo de este cuelgan todos los ejemplares que llaman la atención de quienes caminan el andén. Hoy en día una de sus cometas cuesta entre cuatro y cinco mil pesos, “aunque el farol es más caro porque ese tiene mucho trabajo, ese vale ocho”, enfatiza don Mario.

Aunque el costo las cometas es más bien algo simbólico ya que no recompensa todo el trabajo que requiere elaborar cada una de estas piezas, la mayoría de gente recatea para conseguir descuentos. El año pasado, dos jóvenes fueron hasta su casa para pedirle que les elaborara una cometa de dos metros. “¡Dos metros! Imagínese eso tan grande”, comenta don Mario. “Yo les pedí cincuenta mil y uno dijo que eso tan caro, a lo que yo respondí ‘pues entonces hágala usted’”. Luego fueron otros a cotizar una de un metro y medio. Cuarenta mil pesos no les pareció costoso y prometieron regresar, “pero llevan un año sin venir”, agrega entre risas.

“Algo de uno volando en el cielo”

Don Mario estudió hasta octavo grado y de ahí en adelante la misma vida se encargó de darle las mejores lecciones, como aquella de que la felicidad es mucho más importante que el dinero. Por eso ahora no lo piensa dos veces cuando un niño quiere una de sus cometas y no tiene el dinero suficiente: “Yo se la doy, que se la lleve. Es más importante ver a un niño feliz elevando su cometica que lo que me puedan pagar por ella.”, comenta sin titubeos.

Foto 10

Foto Jhoan Calderón-Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

Su sangre de artesano lo llevó a tomar clases de cerámica en los años 50 con un profesor español que llegó a la Universidad del Cauca en aquella época. “Fructuoso Del Río era un tipo muy inteligente, todo el día fumaba y tomaba tinto sin azúcar, pero hacía unas piezas hermosas en cerámica, unos muñecos con unos deditos pequeñitos, pequeñitos”, comenta mientras se sumerge de nuevo en sus recuerdos de hace más de medio siglo.

Trabajó cuatro años con Del Río y lo aburrió su mal genio. Regresó a Cali e ingresó a la empresa Cerámicas del Valle, donde unos japoneses continuaron enseñándole sobre cerámica a cambio de que él les enseñara español. Allá llegó a ser jefe de modelado y se jubiló 28 años después.

Sin embargo, sus ocupaciones de adulto y su rol de padre de familia no le impidieron nunca seguir elaborando cometas. “En las vacaciones de diciembre yo seguía haciendo mis cometas. Con mis hijos menores iba a un cerro de Yumbo y allá las elevábamos, a veces la gente que estaba ahí me pedía que se las vendiera y yo les decía que sí”, cuenta evocando ya los años 70.

Entre vuelos de imaginación, de cometas y de aviones, don Mario llegó a Estados Unidos en 1993. Durante once años se vio obligado a separarse de sus cometas “porque por allá no se ve eso”, pero retomó su oficio cuando regresó a Colombia.

Recalca con certeza que ahora no lo hace por negocio sino por diversión, y que hacer cometas es algo que le encanta, lo entretiene y le despeja la mente. Hay algo en él que lo impulsa a continuar con esta tradición, porque está completamente seguro de que no se compara lo que hoy día ofrecen los aparatos tecnológicos a la emoción que se siente al ver “algo de uno volando en el cielo.”

¡Como en el Canal de Panamá, por $100!

Por: Katherine Martínez Rivera

canal1Muy pocas personas pagarían por pasar por algún lugar y menos si lo que se ve a simple vista es una casa como cualquiera otra. Sin embargo, en el barrio Paso del Comercio, existe una vivienda en la que el paso por sus corredores cuesta $100.

No es museo, ni un bar, ni un hotel. Es la casa de Pastora Salamanca, una mujer que decidió convertir su casa en una especie de puente que comunica los barrios Floralia y la mitad del Paso del Comercio con la otra mitad de este barrio y los Alcázares.

Todo surgió como una necesidad de los estudiantes del Colegio Señor de los Milagros, que como muchas otras personas, tenían que caminar diariamente de un barrio al otro, y que en recorrido normal se demoraban un promedio de 15 minutos.

Por entre dos casas

El sol, la lluvia y la seguridad fueron algunos de los factores que hace aproximadamente diez años, motivaron a Pastora a unir su casa con la colindante en la parte trasera para crear un túnel de unos 50 metros que atraviesa las dos viviendas y que acortan el recorrido de 15 a un minuto.

Es aquí en donde las matemáticas salen a relucir, y en donde pagar por pasar por un lugar resulta no ser tan injusto, porque si $100 pueden ahorrar una caminata de 15 minutos, además de evitar el sol, o de no mojarse, definitivamente valen la pena. Por eso es que de lunes a viernes más de 500 personas atraviesan estas casas, tantas veces al día como lo necesiten.

El colegio Señor de los Milagros paga mensualmente por todos sus estudiantes, quienes son los mayores beneficiarios de este corredor que les permite transitar entre sus hogares y el plantel educativo de una forma más rápida y segura.

canal2Dos treinta de la tarde, en medio de un sol infernal de esos que sólo el clima extraño de Cali nos regala, un paseo entre dos barrios de la ciudad, Floralia y San Luís, puede resultar eterno. Con cada paso se siente como el sol quema, como las gotas de sudor caen y como los ojos ya no resisten más la luz.

Miras las calles, todas iguales, las casas, y ves tu destino demasiado lejos. Sin embargo, te dicen que existe un atajo, un camino corto para no tener que bordear una línea entera de casas, un recorrido de aproximadamente 15 minutos que en medio del sol es como media hora. Se supone que debes encontrar la casa indicada, esa por la que puedes pasar entre los dos barrios, pero no la ves, pero la persona con la que vas, que está totalmente habituada a este recorrido te la muestra, abre la reja y entra como si fuera su propia vivienda. Tú la sigues, cruzas la puerta y ¡oh sorpresa!, no es como entrar a tu hogar, no hay sala, no hay comedor, no hay nada más que una pared, dos paredes de ladrillo, de esas que no te gustan porque están plagadas de lagartijas, que encierran un pasillo. Le tomas el brazo a tu acompañante como una niña pequeña, te aferras a él y pones toda la distancia posible entre las paredes y tú.

La travesía y las lagartijas

Comienzas el recorrido y cada metro se convierte en un kilómetro  Apenas das el primer paso sientes todo más oscuro, te viene a la cabeza si así mismo debieron sentir los navegantes la primera vez que cruzaron el Canal de Panamá, y comienzas a comparar:

A tu cabeza regresan las detestables lagartijas, pero entonces recuerdas que en el mar no hay de éstas, que a lo mejor los navegantes le huyen a tiburones o alguna bestia marina y no a un simple y pequeño reptil, así y todo piensas que preferirías estar en el mar.

Ahora se te viene a la cabeza el pasillo, que tú ves largo y oscuro, rodeado de paredes de ladrillo, el punto es que en el mar no hay muros, tal vez olas gigantes, pero no muros.

Por fin encuentras un punto a favor: como es una casa, el sol se tapa, en un barco estarías en las mismas que antes de entrar al lugar, sofocada. Otra cosa interesante, en el interior de la vivienda se siente fresco, seguro por las paredes de ladrillo.

canal3Sigues avanzando, parece que nunca se acabará el recorrido, y ocurre, la ves, ves al animal que querías evitar a todo costa. Intentas correr pero es imposible, hay gente adelante y atrás, así que ni modo, toca seguir, aprietas aun más el brazo de tu acompañante, como si lo fueras a reventar, pasas por el lado del bicho y ves la luz, pero no, aun no se ha acabado el recorrido, sólo la primera parte.

Sentir el aire y alejarte de la lagartija te hacen pensar que has llegado a Panamá, pero no, no es arena la que está debajo de tus pies, es cemento, y no son palmeras las que ves, sino materas, has llegado al patio de la casa del túnel, pero para ti es como un oasis a la mitad del desierto.

Continuas el recorrido y dejas el patio, estás preparado para otro pasillo oscuro y con lagartijas, pero no, al fin ves una casa, o mejor aún su interior. Es tan normal como la tuya, tiene una sala, comedor, un televisor, unos cuartos, cortinas, todo normal, tanto que si entraras por el lado opuesto, jamás pensarías que unos metros más allá hay un horrible pasillo de lagartijas.

Avanzas por la sala sorprendido, como si esperaras encontrar alguna otra cosa, ves que hay alguien sentado frente al televisor, lo que indica que si, la casa está habitada. Te vuelves a sorprender, y lo haces aun más cuando ves a tu acompañante meter la mano en su bolso para sacar dos monedas de 100 que le entrega a la joven que está sentada.

Con un hasta luego, salen de la casa y entonces piensas otra vez en el Canal de Panamá, a tu cabeza regresa el mar, los barcos, la gente que lo atraviesa día a día y entonces al fin encuentras el parecido entre éste y la casa del túnel: ambos cortan distancias, facilitan la vida de las personas, porque en medio de pasillos oscuros y lagartijas se gana tiempo, que para las personas que diariamente tienen que hacer este mismo recorrido, es importante. Y es que cuando sales y miras tu reloj, te das cuenta que no fueron kilómetros, sino unos 50 metros, y que no fueron horas, fue sólo un minuto el que tardaste en atravesar el túnel.

Si lo piensas mejor, vale la pena, menos sol, menos tiempo, eso sí, apuntas mentalmente que si quieres cruzar no puedes olvidar los $100. NO es caro ¿verdad?

La rumba gay en lo que alguna vez fue un teatro

Por Lina Uribe Henao/

Al otro lado de las puertas habíamos cerca de 150 personas que esperábamos ingresar al lugar, aunque ya faltaba poco menos de una hora para que fuera media noche. El frío de la capital se intensificaba como de costumbre. Cédula en mano, bolsos abiertos y chaquetas fuera del cuerpo eran las condiciones para pasar el primer filtro. En medio de la incomodidad de las filas que ocupaban casi toda la cuadra, pude ver a las personas que, tan ansiosas como yo, anhelaban entrar a Theatron: hombres con camisas exageradamente ceñidas, mujeres besándose despacio, ojos y labios masculinos maquillados con delicadeza y manos de personas del mismo sexo que se entrelazaban con fuerza. El siguiente paso era alistar los 27.000 pesos que costaba el ingreso y disponerse a disfrutar de la mejor discoteca gay de Colombia.

El teatro que ahora es discoteca

theatron

(Foto tomada de http://queerbogota.files.wordpress.com/2007/04/theatron.jpg?w=420)

Lo que hasta 1995 fue el Teatro Metro Riviera, con unas inmensas cortinas de paño rojo que colgaban del techo y con la proyección de cintas tan aclamadas como Tiburón, se convirtió a finales de los noventa en una de las sedes de la iglesia Oración Fuerte al Espíritu Santo y en el 2002 pasó a ser la discoteca homosexual más grande del país. El estilo de teatro se conserva aún con los techos altos y las amplias salas, aunque el lugar ha tenido varias reformas por la construcción de cada uno de los nueve ambientes en los que se pueden escuchar desde rancheras hasta mezclas de música electrónica en vivo o canciones de los años ochenta. En los seis mil metros cuadrados de superficie que tiene Theatron caben aproximadamente cinco mil personas. Del techo pende una enorme bola discotequera de 1,35 metros de diámetro y seis mil cuadros de espejos que le permiten reflejar la luz.

Cerca del 10% de los habitantes de Bogotá pertenecen a la comunidad LGBTI. Por esto, para Edison Ramírez, el dueño de Theatron, no es descabellado pensar que aproximadamente 80.000 personas hayan ido a la discoteca ya que esta cifra representa solo el 1% de la población gay de la capital. Con el objetivo de satisfacer al público, además de ofrecer nueve rumbas distintas con cada uno de sus ambientes, en Theatron se realizan eventos como reinados homosexuales y fiestas temáticas.

El otro mundo detrás de las puertas

Entré a la discoteca, pagué los dos mil pesos que costaba guardar las pertenencias en un lugar seguro y di rienda suelta a mis ojos y a mi cuerpo para que observaran y sintieran el lugar. Había de todo un poco: hombres mayores que, viéndolos en la calle, jamás imaginaría que gustan de otros hombres; mujeres con cara de madres y hasta de abuelas que acuden a estos sitios para descansar del peso que representa vivir en una sociedad machista y homofóbica; camisetas escotadas en espaldas anchas que pueden lucirse solo de noche; gargantas que tragan licores que estimulan el cuerpo y elevan la mente; babas que se mezclan sin necesidad de conocerse, sudores que se juntan sin intención; caderas que se mueven con un ritmo exagerado y una sensualidad provocadora; manos gruesas y velludas atadas entre ellas para recorrer el lugar y detenerse de vez en cuando para que lo que se junte sean los labios; rincones que permiten ser y estar, vivir y sentir, tocar y besar; identidades que se difuminan en el humo rosado y la música que ataca el corazón; humores que se juntan y fluidos que se esparcen; manos que se inquietan y botones que se separan; dedos que se sumergen y sexos que se acarician.

Recorrí el lugar para conocer cada uno de los ambientes: el primero fue Teatrino, que estaba justo después de la puerta de ingreso al sitio. La música electrónica hacía vibrar los corazones de los que ahí estábamos y e incitaba a nuestros cuerpos a moverse, consciente o inconscientemente. Pocas mujeres y muchos hombres, todos entre los 18 y 55 años de edad, aunque excepcionalmente se veían personas un tanto mayores que quizás eran papás, tíos o abuelos, o de pronto las tres o tal vez simples homosexuales viejos. Mi siguiente destino fue Plaza Rosa, la terraza del bar. Era el lugar adecuado para intercambiar palabras debajo de un pedazo de cielo de Bogotá puesto que la música no acobardaba las voces. Humo de cigarrillos y vasos anaranjados, de los que daban a la entrada para llenar de licor cuantas veces uno quisiera, era lo que más se hacía visible en esta plaza. Arriba, en una torre, un reloj; al frente, una tarima que anunciaba una presentación horas más tarde; en el medio, hombres y mujeres hablando, conociéndose y conquistándose; alrededor, siete fachadas que conducían a los otros ambientes de la discoteca.

Una de las puertas me condujo a Época, un ambiente cuya música retro evoca lo mejor de los 70’s, 80’s y 90’s. Mientras pedía en la barra que llenaran mi vaso de vodka, me llamaron la atención los bármanes con sus particulares atuendos: sus cabezas sostenían enormes pelucas al mejor estilo afro y sus torsos estaban forrados por camisas de flores y sin mangas. Por sus manos se deslizaban con mucha agilidad las botellas que vertían su contenido en los vasos anaranjados cuyos dueños esperaban ansiosos en las sillas. En el fondo, una silla ochentera gigante desde donde, ya con el vaso lleno, me senté a saborear mi trago. En la pista bailaban todos en grupo, como una gran familia, contrario a lo que vi en el primer ambiente en el que la música electrónica hacía sentir a cada persona única y exclusiva en el escenario.

Mi siguiente visita fue al Theatron, el gran ambiente que lleva el mismo nombre de la discoteca. Desde una baranda ubicada en la parte superior del espacio pude ver los cientos de cuerpos que se movían con la música, la gran bola discotequera y la tarima donde realizan las presentaciones más importantes. Olía a sudor y a loción de hombre. Las miradas se cruzaban, se detenían y después saltaban para cruzarse con otras. Los cuerpos se rozaban, se unían y se despegaban. Cada quien se sentía único y se movía como si todos a su alrededor estuvieran observándolo. Yo envidié las caderas de algunos hombres porque sé que las mías difícilmente lograrán esa perfección y sensualidad en el movimiento.

Ya era poco más de media noche. Continué con mi recorrido mientras me dejaba atrapar por la rumba de cada ambiente que visitaba. Después de visitar XUÉ, un lugar que con su ambientación recrea las culturas de los pueblos indígenas, empezó el momento de los “no”: “no puede entrar, señorita. Este es un ambiente solo para hombres”. La frase me la repitieron tres veces y me indigné un poco. ¿Por qué discriminan a las mujeres en lugares como estos? ¿No se trata de incluir, de aceptar las preferencias sexuales, de no juzgar al otro por el género que le tocó así lo acepte o no? Nada qué hacer. La condición de estos ambientes era dejar entrar solo hombres y transvestis. Me mandaron entonces para Eva, el paraíso de las mujeres, el ambiente donde lo único inadmisible eran los hombres. Lo veía todo rosado. En el centro de la pista, mujeres bailando. Adentro de la barra, mujeres atendiendo. Afuera de la barra, mujeres besándose. En las sillas, mujeres hablando. En los baños, mujeres arreglándose. En un sillón, dos mujeres de más de cincuenta años, con cabellos cortos y gafas de aumento, hablando abrazadas con sus caras muy cerca.

Miradas que delatan intensiones nocturnas

Theatron no es uno de esos sitios en los que se conquista con cortesía y caballerosidad. Allá las miradas lo son todo: miradas a quien se para, a quien baila, a quien se devuelve y a quien bebe; miradas a quien está al lado de la barra e incluso a quien orina en el baño del lado. Miradas que evitan palabras y delatan intenciones. Miradas que contienen un “Hola, ¿cómo estás? Mucho gusto, me pareces atractivo y me gustaría conocerte un poco más”.

Fue lo suficientemente evidente para que yo lo notara. Las miradas son la táctica usada por excelencia para concretar intereses entre quienes disfrutan de la rumba. Es común que algunas noches de pasión, después de salir de la discoteca, se inicien solo con una mirada fija durante varios minutos, que luego pasa a ser roce de cuerpos y después se convierte en sexo.

Salí de Theatron poco antes de las dos de la mañana. La calle estaba atiborrada de gente y la cuadra tenía varias residencias en cuyas habitaciones se podía pasar la noche por $50.000. Muchas parejas salían de la discoteca y se dirigían hacia la calle 13 o hacia alguna de las residencias para terminar lo que en el bar se había iniciado. Peleas y llantos no faltaron en la calle. Una pareja de hombres discutía. Uno de ellos lloraba sin consuelo mientras el otro trataba de calmarlo y de ponerle la camisa que, con rabia, se había arrancado del pecho.

Adentro continuaba la rumba hasta las 3 a.m. Hombres y mujeres seguían en sus planes de conquista o de diversión. Personas homosexuales continuaban expresando sus sentimientos sin recibir las miradas esquivas que las golpean en las calles. La mayoría de gente seguía estando al otro lado de la puerta, esa puerta que parecía separar dos mundos distintos y crear uno donde solo importan los que afuera todavía luchan por ser aceptados.

¡Sácame de aquí!

Por: Valentina Botero P./

Son las 7:40 p.m. del 17 de febrero. El tráfico está imposible y voy retrasada a cumplir mi cita con Andrea, una estudiante de Administración de Empresas de octavo semestre de una prestigiosa universidad de Cali, a quien en cuestión de 20 horas la vida le dio un giro para siempre.

sacame2Al llegar a “Juan Valdez”, la veo sentada en una mesa con un café y un cigarrillo. Sus ojos están hinchados, su maquillaje corrido y su nariz enrojecida. Me senté en la mesa y tras un par de palabras, las lágrimas salieron. Andrea reniega sin parar. “…Todo fue muy rápido, todo fue muy rápido pero sé que fue lo mejor”, dijo entre lamentos.

Ayer, Andrea terminó sus clases a las 11:00 a.m. y decidió salir de dudas. Fue a un laboratorio clínico a realizarse una prueba de embarazo, “solo por si las moscas”. Era una casa típica de barrio. La encargada de hacer la prueba le pregunta todos sus datos, tiempo de retraso y si va a pagar $15.000 para que le entreguen los resultados ahí mismo o $10.000 para que sea mañana. Andrea da una dirección y teléfono equivocados. Entrega los $15.000 y responde: “…Mmmm creo que son 20 días”.
Andrea se calma un poco y prende otro cigarrillo. “Yo estaba muy tranquila, el cuento del retraso ya me había pasado antes. Pensé que solo era psicosis”. La doctora la hace pasar a un pequeño cuarto y le toma la muestra. “Espere en la sala que en 20 minutos se la entrego”. Mientras espera, Andrea lee una revista y planea en su mente el resto de día. Al poco tiempo le entregan el resultado. Ella lo dobla y se va.

Andrea mira hacia arriba y suspira. “Yo salí caminando a la calle sin ver el resultado. Lego de dos cuadras lo leí… Era POSITIVO; lo cerré inmediatamente y seguí caminando. Di dos pasos más y lo verifiqué… Era un POSITIVO, escrito con mayúsculas y todo. Me senté en un andén porque sentí que me desmayaba”.

Después de unos cuantos minutos, Andrea sale del shock en el que se encontraba. Tiembla sin parar, su cara está pálida y solo se coge la cabeza mientras la mueve de lado a lado diciendo no, no suelta la prueba y la sigue mirando como si así fuera posible cambiar el resultado.

Yo miro a Andrea y le pregunto por el papá del bebé que espera ¿Quién es? Ella sonríe mientras me responde: es Juan, mi ex novio de hace algunos años. No nos habíamos visto en meses hasta ese día y, pues, “un repaso al año, no hace daño”. Él estaba enterado de su retraso y le dijo “no sea boba, nosotros nos cuidamos muy bien como para que algo pase, deje la psicosis y pues si quiere salir de dudas me dice y vamos juntos y listo”.

Juan no sabía que Andrea se iba a practicar la prueba ese día. Él estaba en su trabajo como era la costumbre cuando recibió varias llamadas de Andrea y al ver que era tan insistente contestó. “Juan HP la cagamos”. El no entendía de qué le hablaba ella. En ese momento solo escuchaba gritos y un llanto desconsolado. “Andrea cálmate y explícame que pasa que no entiendo nada”. En ese momento oyó lo que no pensaría que escucharía sino hasta dentro de muchos años. “Guevón estoy en embarazo, la cagamos horrible”. Un silencio se apoderó de la llamada telefónica. Juan desconcertado pregunta: “¿Cómo? ¿Ya es seguro? ¿Pero qué paso?… No entiendo… Sabe qué, cálmese, no se vaya para su casa y más tarde la llamo”. Colgó sin escuchar lo que Andrea tenia para decirle.

Andrea hace un gesto de burla. “Ese man casi se muere. Se demoró media hora en procesarlo”. Al rato, y ya en un centro comercial, Andrea deambula con sus gafas oscuras y llorando sin parar. Juan mientras tanto, está al otro lado de la ciudad almorzando con sus compañeros de oficina. Después de dos horas se encuentran, deciden que lo mejor es no tenerlo. Buscan el consejo de amigos sobre dónde acudir.
————-
Al llegar a la clínica, Juan toma de la mando a Andrea y se anuncian en la recepción. Los estaban esperando. Cancelan los $30.000 que cuesta la consulta. Les entregan una ficha y los hacen pasar a una sala de espera en la que aguardan más parejas, en su mayoría todas con cara de angustia. A los cinco minutos, una doctora de nombre Carmen hace pasar a Andrea y a Juan al consultorio. Le preguntan toda la historia médica y la razón de su visita a la institución. Andrea responde mientras toma la pierna de Juan: “estoy en embarazo”. Inmediatamente se hace la pregunta de rigor “¿se estaban cuidando?” Juan responde: “sí claro, a Andrea le quitaron las pastas hace meses y pues usamos condón, nosotros lo usamos bien, desde el principio hasta el final y pues nunca nos pasó nada raro con eso, no entendemos que pasó”.

Carmen les dice: “muchachos el condón es muy seguro para la prevención de enfermedades pero para embarazo… Sólo sirve en un 50%… Y pues las pastas, de 100 mujeres que se las toman, 4 quedan en embarazo. Es por eso que siempre es bueno emplear dos métodos.”

La doctora sonríe y le dice a Andrea: «por ahora quédate tranquila, pasa a al baño te quitas la ropa y te pones la bata que encontrarás allí colgada”. Andrea salió del baño apenada mientras intentaba darle sentido a la abertura de la bata. Tras un examen físico detallado, la doctora apaga las luces y enciende el ecógrafo. Juan se acerca muy interesado en la pantalla, y para sorpresa de todos no se logra ver nada.

La doctora, un poco confundida, pregunta: “¿cuándo te realizaste la prueba? ¿Ya sabes cuánto tienes?”. Juan responde: “se la hizo hoy, y solo dice positivo… La tengo en el carro ¿quiere que se la muestre?”. Carmen se ríe y les pide que esperen un poco. Los manda de vuelta a la sala de espera y le pide a Andrea que tome mucha agua para volverla a revisar en 10 minutos.

Juan espera a Andrea mientras se viste. La toma de la mano mientras caminan. “¿Será que todo es falsa alarma y la prueba salió mala?”, pregunta. Andrea un poco confundida pero alegre le dice “pues ojala. Igual esperemos a ver qué pasa”. Juan sirvió vasos de agua para él y para ella sin parar. Andrea se burla y le dice “¿tú para que tomas agua? ¿también te van a hacer la ecografía?”. Él sonríe… “Es de solidaridad”, dice.

En ese momento Andrea se recoge el pelo y cuenta que los dos se tranquilizaron mucho. «Hablamos de todo un poco y nos abrazábamos sin parar».

La doctora vuelve a llamarlos al consultorio. Andrea se baja un poco el jean y hacen de nuevo la ecografía. Inmediatamente se ve el embrión. Juan salta de la silla y se acerca a la pantalla mientras señala “¿Eso es doctora?”. Andrea se sienta en la camilla y se asoma a la pantalla. “Yo quiero ver”, dice. Todos sonríen porque la imagen desaparece. La doctora entre risas le pide que se corra hacia abajo mientras Juan la toma de la mano. La imagen vuelve y los dos se miran desconsolados. “Si es ése, por medidas tiene 6 semanas y 4 días, ¿Qué quieres a hacer?”, pregunta la doctora. “Carmen yo no lo puedo tenerlo”, responde Andrea. Juan da su aprobación con la cabeza.

Después de un silencio, Carmen habla. “El procedimiento les cuestas $600.000 mil pesos, yo recomiendo que se lo haga cuanto antes. Los voy a pasar con la psicóloga, ella se encargara de explicarles el resto”.

En ese momento Andrea tenía mucho miedo. Sabía que era algo que debía hacer, pero tenía dudas en cuanto al procedimiento. La psicóloga la llamó. Era una mujer que tenía mucho afán por atenderla. No dejó entrar a Juan y se la llevó a una habitación. Durante 60 minutos la mujer le habló sobre lo que se iba a realizar. Era una procedimiento ambulatorio, no legal, en el que se interrumpiría voluntariamente un embarazo de seis semanas y cuatro días. Se haría con anestesia local, tendría una duración de 15 minutos y la recuperación sería de 15 días.

Una vez explicó toda la parte médica, la psicóloga prosiguió con la parte legal. Le explicó Andrea que ese procedimiento es ilegal, tipificado y penalizado como homicidio premeditado. Le planteó la posibilidad de que durante el procedimiento la Fiscalía podría llegar a allanar la clínica. Si ese caso se presentaba, se debería decir que le estaban practicando un procedimiento de aborto incompleto en el que la paciente había tenido una gran hemorragia y la clínica estaba finalizando un proceso natural. La señora habló sin parar y al finalizar todo su discurso solo dijo: “usted debe firmar un consentimiento con su pareja en el que están de acuerdo con que se realice el procedimiento. Es necesario que sepa que una vez usted se lo practique no hay marcha atrás, es por eso, Andrea, que necesito saber si usted está segura de su decisión y si su pareja la apoya. ¿Lo está?” Andrea contesto sin titubear “SI”.

Andrea enciende su quinto cigarrillo. Su mirada se ve plana como en una especie de shock tardío en el que se nota que no ha asimilado lo sucedido. Esta afligida, me mira fijamente y hace un gesto como de nada que hacer. Sigue hablando sin parar, como si al hacerlo se pudiera desahogar.

Al terminar con la psicóloga, Andrea se volvió a encontrar con Juan en la recepción. Lo abrazó por unos segundos y los interrumpió una enfermera que traía una agenda en su mano. “¿Entonces le parece si se practica el procedimiento mañana a las 9:00 a.m.?” Juan respondió sin consultar. “Si claro”. La enfermera separa la cita y les dice: “Les recuerdo que mañana durante el procedimiento usted estará con una psicóloga que la acompañará. Su pareja la deberá esperar en la sala. El costo del procedimiento se debe cancelar al llegar a la clínica y podrá hacerlo en efectivo o con tarjeta Visa. Por favor venga en ayunas, con ropa cómoda, traiga un panty de repuesto y varias toallas higiénicas.” La enfermera termina de hacer las recomendaciones. Juan y Andrea, consternados, se van.

“Me acuerdo que apenas me monté al carro empecé a llorar como una loca, no me podía calmar, Juan solo me abrazaba y no era capaz de decirme nada. Yo lloraba sin consuelo”, recuerda.

—————————–

Andrea hace un paréntesis en su historia. Hace gestos y sonrisas como de incertidumbre. “Es la hora que no sé cómo putas quedé en embarazo, Juan y yo siempre nos cuidamos, y nos cuidamos bien, no entiendo.” Reniega como si estuviera peleando con alguien. Mira el reloj, marca las 8:30 p.m. Hace 12 horas, ella estaba en embarazo; ahora está sentada en un café, fumando y hablando sin parar.

Juan la recogió a las 8:00 a.m en la esquina de su casa. Ella salió para “clase” como si nada. Se despido de su familia y se montó en el carro. Él se notaba un poco más aterrado. La saludó de un beso y se dedicó a hablar por celular. Debía avisar que no iría a trabajar en toda la mañana. Coordinó sus tareas y dio instrucciones durante todo el camino.

Al llegar a la clínica, Juan mira fijamente a los ojos a Andrea. En sus ojos se veía la incertidumbre. Él la abraza y hace un gesto de aprobación. “Vamos ya, nos están esperando”. Andrea aterrada se baja del carro y antes de entrar se abalanza sobre Juan. “Por favor no me vas a dejar sola, tengo un susto ni el hijueputa”. Él se detiene nuevamente, le da un gran beso y le hace saber que él estará ahí.

Entran de la mano a la clínica. Firman y ponen la huella en el consentimiento que aclara que la clínica no tendrá repercusiones legales en caso de muerte o accidente durante el procedimiento. Esto pone más nerviosa a Andrea. Ella sólo se aferra a Juan y él no dice mayor cosa. La recepcionista llama a una enfermera mientras Juan cancela los $600.000 mil pesos en la caja.

Andrea mira todo a su alrededor y al poco tiempo llega una mujer. “Hola Andrea, por favor acompáñame. Tu pareja se puede quedar en cualquiera de las salas de espera. ¿Trajiste todo verdad?”. Andrea asiente con la cabeza y mira aterrada a Juan. Lo abraza fuerte con sus ojos encharcados y le da un beso de despedida. Juan pregunta “Más o menos cuento dura”. La mujer responde “puede ser una hora o dos, todo depende de ella y su recuperación”. Juan se muestra fuerte y relajado. Le sonríe a Andrea mientas ella camina hacia una pequeña puerta de madera blanca.
Al entrar hay un olor a incienso, ruda y palo Santo. Se encuentra con una pequeña sala en la que hay vistieres y baños. Le dan indicaciones de quitarse toda la ropa y ponerse una bata. Le asignan un locker para guardar sus pertenencias. Andrea no habla, simplemente hace lo que le piden.

Una mujer va a buscarla. Se presenta como Natalia, la psicóloga que la acompañará durante todo procedimiento. Ella tiene una voz suave, cálida y pausada. Toma a Andrea de la mano y la lleva hasta el quirófano, un cuarto con temperatura helada que también huele a incienso. Tiene un mesón del lado izquierdo en el que se ven todos los instrumentos que se utilizarán durante el aborto. Hay música de relajación de fondo. Hay una camilla negra con estribos como de la segunda guerra mundial, una lámpara quirúrgica tamaño familiar, una cobija de lana a cuadros de color verde y azul y al lado, en el cuarto continuo, se puede ver la maquina aspiradora, una balanza y un microscopio.
sacame3

Natalia le indica a Andrea, paso por paso, lo que debe hacer. Le da instrucciones de acostarse en la camilla, poner sus pies en los estribos y relajarse, sobre todo relajarse. Una vez Andrea está acostada y cualquier cosa menos relajada, Natalia le sube bien la bata, ajusta la altura de la camilla y se sienta a su lado, le toma la mano y habla: “En este momento es necesario que empieces a respirar, de esto depende que te relajes y que todo te duela menos… Respira muy profundo y quédate tranquila que todo estará bien”.

En ese instante entra bruscamente por la puerta un hombre de dos metros de estatura y 95 kilos de peso. Esta vestido de azul turquí y tiene un delantal plástico amarillo, de los que usan los carniceros, acompañado de sus respectivas botas pantaneras. “Mi nombre es Elmer y soy el médico que realizará el procedimiento”. Andrea mira con miedo a Natalia. Ella le sujeta con más fuerza su mano…  “Tranquila… Respira”.

Andrea habla mirando un punto fijo en el horizonte. Se le salen unas cuantas lágrimas.

El médico se prepara y el procedimiento inicia. Primero la desinfectan y le introducen un espéculo que queda mal puesto generando dolor innecesario.  Andrea se queja y Natalia se lo hace saber al doctor, quien reacomoda el aparato y continua. Pone anestesia local. Andrea no siente mayor cosa. El médico se pone de pie y Natalia dice: “En este momento estamos esperando que la anestesia haga efecto. Respira y quédate muy tranquila”. El médico agarra unas cosas del mesón y se pone a trabajar. Toma el dilatador. Este le causa mucho dolor e incomodidad a Andrea. Natalia le habla y le dice que es necesario que no cierre los ojos. Le pide que la mire fijamente mientras le toman la presión arterial.

Después de unos segundos, el médico introduce la cánula de succión. Andrea siente que se va a desmayar. Siente un cólico intenso y un fuerte movimiento. Ella respira muy profundo. Sus ojos se cierran del dolor, suda frío y tiembla. Natalia le habla, la alienta y la sujeta fuertemente mientras el médico extrae el embrión de su cuerpo. Durante cinco minutos se hace el mismo procedimiento de succión. Después. Elmer se pone de pie y se dirige al cuarto contíguo.

Natalia habla con su voz suave: “Ya pasó lo peo. Ahora él va a revisar en el microscopio la muestra. La va a pesar para hacerse una idea de cuánto falta. Él va a volver y va realizar un poco más de succión pero esta vez será menos tiempo que la primera vez”.

El médico vuelve. Andrea está casi en shock. Repite el procedimiento pero esta vez duele mucho más y parece tardarse más. Andrea solo mira a Natalia sin hablar y se empieza a perder la conciencia poco a poco. Natalia se pone de pie y le toma la cara. “Por favor abre tus ojos, mírame ya estamos acabando, mírame y respira. Necesito que te quedes conmigo”. Andrea mueve la cabeza de un lado a otro como si le pesara, respira profundo y se escucha la voz victoriosa de Elmer: “ya termine”. Aplica un poco más de desinfectante, retira el especulo, se para de su silla y se va sin decir más.

Andrea sigue perdiendo la conciencia. Esta fría, pálida y sudorosa, el cólico no se va. Le toman de nuevo la presión. Está descendiendo un poco. Natalia se preocupa y aplica una sustancia de un olor muy fuerte en un algodón y se lo pasa rápidamente por la nariz. Andrea reacciona fuertemente, vuelve en sí.

Natalia se sienta a su lado y le toma la mano. “Ya pasó. Ya terminó todo. Ahora sigue la recuperación”. Le da instrucciones sobre cómo sentarse lentamente en la camilla para pasarla a otra sala pero nuevamente Andrea se desmaya. La deja descansar un poco más y la pasa en una silla de ruedas a un cuarto iluminado en la que suena de fondo la canción “Imagine” de “Los Beatles”.

Andrea está llorando. Pide agua. Se toca el vientre. En la sala hay aproximadamente 10 mujeres acostadas frente a frente y separadas por una pared de madera con acrílico. Le dan agua de panela con canela y le hacen tomar una pasta para el dolor. Ella solo llora y llora, no habla, el dolor es tan fuerte que no le dan ganas de nada. “En la sala de recuperación recuerdo escuchar a dos jóvenes hablar con la enfermera. Estaban muy frescas como si el estar ahí no implicara nada.Parecía una tertulia normal entre mujeres. Preguntaban sobre cuándo podrían retomar su vida sexual, sobre cuándo se les quitarían las nauseas, vómitos, desmayos, dolor en los senos. Se escuchaban tan frescas que me daba rabia. No entendía cómo era posible poder estar así después de haber abortado. En esa sala solo identifiqué a una como yo. Ella estaba justo al frente, era rubia. El dolor la tenía poseída, ella no lloraba, solo miraba a su alrededor y me miraba a mí. Yo seguía llorando”, recuerda.

Después de una hora, entró Carmen a la sala de recuperación.“Juan me envió a preguntar por ti. Está muy preocupado allá afuera. Me dicen que no se ha sentado en todo el rato. ¿Quieres que le diga algo”. Andrea volvió a llorar de nuevo y entre pucheros y lágrimas le dijo a la doctora: “dígale que un beso y que ya salgo para que nos vamos”.

Ligia, la enfermera, ayudó a vestir a Andrea. Le dio todas las instrucciones sobre los cuidados que debería tener. Le programó una cita de control, le entregó el medicamento y la despachó para su casa. Al salir entraban otras dos mujeres más, el ciclo continuaba. A lo lejos Juan la estaba esperando. Se abalanzó sobre ella y la abrazó con fuerza. Andrea llorando le dijo ¡SÁCAME DE AQUÍ!

La culpa fue de mi mamá

Foto Pixabay

Por Natalia Quiñonez/

La inasistencia a clase el lunes de Pascua tiene una razón, justificada o no, pero tiene una razón. Como estudiantes o mas bien jóvenes, todo tiene trascendencia, la pereza, el frío, el sol, la lluvia, el si, el no, el despertador, el ruido, el MIO, el carro, la tarea, etc. Pero hay una excusa y en mi caso fue una enfermedad.

Tal vez mi historia del lunes de Pascua sea un poco tediosa, pero esto fue lo que en realidad ocurrió. El día sábado 7 de Abril, en la noche empecé a sentir una leve molestia abdominal a la que no le puse mucho cuidado. El domingo, mi mamá cumplía sus 47 añitos, por lo que con mi hermanito nos levantamos hacerle un “espectacular” desayuno (así le dije que le tenía que contar a todos). Al paso de la mañana la molestia seguía incrementándose, pero suelo creer que no pensando en las cosas, estas se olvidan y caí en el error de creer que así se me pasaría el dolor.

A las 2:30 de la tarde fuimos almorzar en familia a uno de los restaurantes favoritos de mi mamá:  Fusion Wok. Nos estaba esperando una mesa decorada y especial para su cumpleaños. Allí le dimos los regalos. Llegamos a la casa nuevamente como a eso de las 4:00 p.m. donde el resto de la familia nos esperaba para seguir celebrando con ella esta fecha tan especial.

Como era de esperarse, el dolor continuó y se intensificó. A las 10:00 de la noche ya estaba desesperada y no sabía qué hacer y aunque era el día que me correspondía dar, recibí… Mi hermosa madre estaba allí conmigo cuidándome, mimándome, acariciándome y consolándome.

No se qué hora era cuando me logré quedar dormida, pero sé que fue muy tarde. Los lunes empiezo clases a las 7:00 de la mañana, una hora “maravillosa”, donde madrugar es sencillo, no hay frío, las cobijas se quitan solas, el agua esta caliente y los deseos de estudiar son mayores que nunca (me lo digo varias veces, para ver si ocurre).

Continuaba con el dolor cuando me sonó la alarma para despertarme; y viene lo inesperado:  “Yo creo que es mejor que no vayas hoy a estudiar, te veo muy mal”, es decir, que si se trata de buscar un culpable, como dije al principio, fue mi mamá.

Un proyecto para contar

El Laboratorio de Periodismo hace parte del proceso de formación de comunicadores de la Pontificia Universidad Javeriana Seccional Cali.

Aquí se publican las historias trabajadas desde los espacios de clase y proyectos especiales emprendidos por colectivos integrados por estudiantes y profesores en las áreas de periodismo, multimedia, producción audiovisual e historias trabajadas con organizaciones. Es una forma de incentivar a los estudiantes a la producción de piezas con calidad.

A San Antonio le falta un tornillo

Foto Adolfo Osorno

Por Adolfo Osorno/

Yo, la verdad, no entiendo porque querría uno vivir en un lugar repleto de subidas y de perros sueltos.

Al barrio San Antonio de Cali le falta un tornillo, eso se lo puedo asegurar. Si te hablan del barrio más antiguo de una ciudad, pensarías que va a ser un barrio enroscado, donde casi nadie sale a la calle, con muchos restaurantes y oficinitas por ahí regados. Un barrio mas papista que el Papa.

Pero no, en San Antonio pasan muchas cosas, más de las que uno podría imaginar que pasan en un barriecito de casas con techos altos y ventanas de hierro oxidado.

Hay un viejito medio chocho que colecciona cosas cucas. Tiene una tiendita, en ella venden marranitas y empanadas. Ponen salsa para que bailen los muchachos. Venden cerveza y se habla carreta.

Dos perros cuidan el parque que sirve de recostadero para parejas que se quieren decir cosas lindas luego de un par de chuzos de pollo, unos aborrajados y unas tostadas. No falta el que le mezcle el huevo cocido extra-duro por ahí. El primer perro se llama Tony, blanco como las casas. El segundo no tiene nombre.

Si usted se sienta en un café donde todo tiene precio, seguramente está en San Antonio, en un lugar donde todo se vende, desde la tacita donde te tomás el tinto hasta el enorme cuadro que parece de Velásquez.

El bochinche trajo a nuestros oídos que hasta Cerebro el inagotable mulato protagonista de El vuelco del cangrejo tiene su restaurante en el barrio.

Una cantidad increíble de gringos camina por el barrio, preguntando dónde queda algo generalmente. Las gringas, con sus pantalones anchos y sus tatuajes feos que no significan nada, te hablan un ratico y luego se van.

En las casas viejas parece que hubiera otro piso térmico, el aire circula mucho más. Nadie puede darse una siestecita, alguna vez lo intenté, en la casa de Maria del Mar Velasco, me desperté al otro dia. Uno duerme mucho si está tranquilo.

El barrio esta cerca de todo, aquí todo comulga, aquí se representa Cali de verdad, la comunión del rico con el pobre, del hippie con el ingeniero, del viejo con el joven, del indio con el blanco y del artista con el pseudo-intelectual, es un caldo de cultivo para que este barrios, a pesar de sus subidas altas y sus perros sueltos te hagan decirle a tus amigos ve, yo quiero vivir en San Antonio.