El secreto del cometero

 Por Lina Uribe
Estudiante de Comunicación
Lauribe@javerianacali.edu.co

Don Mario no recuerda si tenía 13 o 14 años cuando hizo su primera cometa. Estaba de vacaciones en Palmira donde su tío el alfarero y un día se topó con alguien que elevaba algo hasta el cielo. Se sentó al lado de aquel hombre y observó cuidadosamente cada paso para la elaboración del prodigioso artefacto. Después de esa clase informal pudo construir su primera cometa, “de esas que llaman ‘tajada’, la que tiene solo dos varillas. Me tocó ponerle papel periódico porque no tenía del otro. Fue difícil elevarla, pero al final sí pude”, comenta mientras evoca lo que sucedió hace 64 años.

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Foto Jhoan Calderón-Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

Desde ese día, Mario Ernesto Torres, un payanés de 77 años, no ha parado de hacer cometas. De niño las hacía con cáñamo o con el hilo que usaba la esposa de su tío para tejer; les ponía papel periódico y las pegaba con almidón de yuca, “porque en esa época no existía el Colbón”. Y cuando no podía comprar el almidón, salía a la calle a recolectar una pepa negra que caía de los árboles y que le servía para pegar el papel. El nombre de aquel fruto ya se le olvidó.

Llegó a Cali cuando tenía cinco años y todavía existía el ferrocarril. Los edificios que ahora invaden la ciudad no eran más que árboles de caimo, madroño, níspero, anón, mamoncillo y chirimolla. “Esto era un llano”. Se devolvió a Popayán para iniciar el bachillerato y allá vivió con su abuelo, alfarero de oficio, quien intentó enseñarle cómo se hacían las ollas de barro.

Pero Mario nunca aprendió. Cuando casi, casi las tenía listas, se le desplomaban por malos cálculos en la cantidad de los ingredientes. Sin embargo, esto hizo que se fuera enamorando del trabajo hecho a mano.

Las vacaciones que los años siguientes pasó en Cali al lado de su madre las aprovechó para vender cometas en la galería. Se fijaba muy bien en las de los demás para copiar los diseños; de esta manera logró construir faroles, tajadas, cometas con coto y estrellas de seis puntas que vendía quizás a diez o quince centavos. En aquel tiempo transportarse en un bus costaba cinco.

De la guadua ‘jecha’ a la cometa hecha

En la mesa del comedor, don Mario extiende varias hojas de papel en las que tiene dibujados estilos de cometas que diseña cuando alguna idea llega a la mente. “Fíjese esta qué bonita, tiene muchos colores. Mire esta otra con estos ‘zumbambicos’ acá para que suene con el viento”, dice.

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Foto Jhoan Calderón-Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

Desde principios de junio compra la guadua entera para sacar de ahí los palitos y empezar a pulirlos. “La guadua tiene que estar jecha, o sea madura y sin rotos, para que no vaya a partirse fácil”. Luego consigue la piola y el papel celofán de distintos colores. Con todo listo, se puede demorar una hora en armar cada cometa, aunque él prefiere una producción por fases: hace primero los esqueletos, luego pega todos los papeles y por último acomoda todos los tirantes, que tienen que mantener una distancia específica para que el vuelo de la cometa sea exitoso.

Afuera de su casa hay un aviso de ‘Se venden cometas’ en una perfecta letra técnica. Debajo de este cuelgan todos los ejemplares que llaman la atención de quienes caminan el andén. Hoy en día una de sus cometas cuesta entre cuatro y cinco mil pesos, “aunque el farol es más caro porque ese tiene mucho trabajo, ese vale ocho”, enfatiza don Mario.

Aunque el costo las cometas es más bien algo simbólico ya que no recompensa todo el trabajo que requiere elaborar cada una de estas piezas, la mayoría de gente recatea para conseguir descuentos. El año pasado, dos jóvenes fueron hasta su casa para pedirle que les elaborara una cometa de dos metros. “¡Dos metros! Imagínese eso tan grande”, comenta don Mario. “Yo les pedí cincuenta mil y uno dijo que eso tan caro, a lo que yo respondí ‘pues entonces hágala usted’”. Luego fueron otros a cotizar una de un metro y medio. Cuarenta mil pesos no les pareció costoso y prometieron regresar, “pero llevan un año sin venir”, agrega entre risas.

“Algo de uno volando en el cielo”

Don Mario estudió hasta octavo grado y de ahí en adelante la misma vida se encargó de darle las mejores lecciones, como aquella de que la felicidad es mucho más importante que el dinero. Por eso ahora no lo piensa dos veces cuando un niño quiere una de sus cometas y no tiene el dinero suficiente: “Yo se la doy, que se la lleve. Es más importante ver a un niño feliz elevando su cometica que lo que me puedan pagar por ella.”, comenta sin titubeos.

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Foto Jhoan Calderón-Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

Su sangre de artesano lo llevó a tomar clases de cerámica en los años 50 con un profesor español que llegó a la Universidad del Cauca en aquella época. “Fructuoso Del Río era un tipo muy inteligente, todo el día fumaba y tomaba tinto sin azúcar, pero hacía unas piezas hermosas en cerámica, unos muñecos con unos deditos pequeñitos, pequeñitos”, comenta mientras se sumerge de nuevo en sus recuerdos de hace más de medio siglo.

Trabajó cuatro años con Del Río y lo aburrió su mal genio. Regresó a Cali e ingresó a la empresa Cerámicas del Valle, donde unos japoneses continuaron enseñándole sobre cerámica a cambio de que él les enseñara español. Allá llegó a ser jefe de modelado y se jubiló 28 años después.

Sin embargo, sus ocupaciones de adulto y su rol de padre de familia no le impidieron nunca seguir elaborando cometas. “En las vacaciones de diciembre yo seguía haciendo mis cometas. Con mis hijos menores iba a un cerro de Yumbo y allá las elevábamos, a veces la gente que estaba ahí me pedía que se las vendiera y yo les decía que sí”, cuenta evocando ya los años 70.

Entre vuelos de imaginación, de cometas y de aviones, don Mario llegó a Estados Unidos en 1993. Durante once años se vio obligado a separarse de sus cometas “porque por allá no se ve eso”, pero retomó su oficio cuando regresó a Colombia.

Recalca con certeza que ahora no lo hace por negocio sino por diversión, y que hacer cometas es algo que le encanta, lo entretiene y le despeja la mente. Hay algo en él que lo impulsa a continuar con esta tradición, porque está completamente seguro de que no se compara lo que hoy día ofrecen los aparatos tecnológicos a la emoción que se siente al ver “algo de uno volando en el cielo.”

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